Un nuevo Reto. Un nuevo relato. El reto en esta ocasión era: A partir de un título escribir una historia.
Un mínimo de 750 palabras y un máximo de 1000.
Los títulos a elegir eran estos:
- Jorge
- Un árbol danzando en el palacio onírico
Aquí está mi intento, semi improvisado. 751 palabras, incluyendo el título:
Un árbol danzando en el palacio onírico
–¿Y dices que el árbol danzaba en el palacio onírico? –preguntó el doctor anotando una simple frase en el cuaderno que sostenía entre sus manos. La frase ponía: “Como una cabra”.
Se acomodó en la silla y, levantando la cabeza, sonrió con expresión benevolente a la muchacha que se encontraba sentada delante de él. Era una chica joven, de pelo largo y rubio, ojos azules y expresión dulce y soñadora.
–Así es, doctor –dijo la muchacha risueña–. Luego apareció un baobab gigante que intentó detener la danza porque decía que era pecaminosa, y que un fresno de buena familia que se tenga el más mínimo aprecio no llevaría a cabo un baile tan indecente.
–Ya veo –dijo el doctor no muy convencido–. ¿Y qué pasó después?
–¡Oh! ¡Oh! –dijo la joven muy excitada–. Entonces aparecieron los hipopótamos voladores. Se llaman Blas, Eugenio y Nicolás. Nico tiene muy mal genio, pero es el más talentoso de los tres. No deje que su color rosa suave y su piel aterciopelada le despisten. Si se lo cruza alguna vez tenga mucho cuidado con lo que le dice. No le conviene enfadarlo. De todas formas, mi preferido es Blas, que es un encanto y además…
La joven siguió hablando y el joven doctor dejó su mente volar mientras la chica seguía y seguía divagando en sus desvaríos. El pobre hombre se lamentó de su suerte. Todos los locos le tocaban a él. No le podían dar los casos de ataques de ansiedad o de depresión. No, que va. Directamente los que estaban como cabras. Y al parecer, cuanto mas locos mejor. Y esta chica se llevaba la palma.
“Venga, démosle los casos más extremos al nuevo. Que se coma él los marrones”, pensó.
–… entonces yo le dije: “pues para ser una zarigüeya muerta tienes muy malos modales, si se me permite decirlo.” ¿Y sabe lo qué me contestó? –la chica lo miró, parpadeando un par de veces.
–¡Eh! ¿Cómo? ¿Cómo dices? –contestó el doctor, incorporándose ligeramente y volviendo a la realidad.
–No me estaba escuchando – dijo la muchacha enojada y frunciendo el ceño.
–No, no, que va. No es eso. Estaba tomando unas anotaciones, ¿ves? –y se dedicó a subrayar furiosamente la frase “como una cabra, que había escrito minutos antes–.
Sigue, sigue, por favor.
La chica retomó la conversación y le explicó como la princesa del reino de las piruletas de chocolate la había invitado a una recepción, pero que tenía que ir con traje de fiesta de color bermellón verdeazulado para tan magna ocasión y que no tenía ninguno en esa tonalidad, así que había decidido…
“Y la verdad es que es una chica guapa”, pensó el doctor mientras la observaba parlotear incesante. “Excepto por el pequeño detalle de que está como un cencerro. Mmm… Hablando de cencerros, eso me recuerda que tengo que sacar el cordero del congelador. Estoy pensando que podría prepararlo al horno con una guarnición de…”
En ese momento sonó la alarma el reloj que tenía puesto en la mesita colocada a su lado.
El doctor lo apagó y se levantó rápidamente.
–Bueno, pues me temo que se ha terminado nuestra sesión. Tengo que irme, que tengo un asunto muy urgente. Ahora enseguida vendrá uno de los celadores a llevarte a tu habitación. Se una buena chica y esperalo aquí, ¿vale?
–Claro –dijo la joven sonriendo ampliamente. Que tenga un buen día, doctor.
–Mmm, si, bueno, gracias. Hasta la semana que viene.
Y diciendo esto salió rápidamente de la sala.
La chica escuchó una voz a su espalda.
–¿Crees que te ha creído, Alicia?
–Ni una palabra. No se que pasa, que todos se piensan que estoy loca –dijo la joven encogiéndose de hombros.
Un pequeño gato atigrado de tono violeta y amplia sonrisa apareció a su lado.
–Tú ni caso, que ellos se lo pierden. ¿Vendrás a la gala que prepara la reina de corazones esta noche?
–No me la perdería por nada del mundo –contestó Alicia sonriendo, mientras el celador entraba a llevársela – La reina de corazones hace unas fiestas por las que merece la pena perder la cabeza. Ven a buscarme esta noche a mi cuarto después de la cena.
El celador la miró sorprendido, y luego miró extrañado hacia la sala. Estaba vacía, pero era curioso: por una breve fracción de segundo y solo por el rabillo del ojo, hubiera jurado que había visto a un gato violeta de extraña y amplia sonrisa.