Un pequeño texto pergeñado en veinte minutos como parte del taller de escritura automática en el que participo habitualmente en el multiverso. En esta ocasión las tres palabras para inspirarse eran: chamusquina, palestra y fraternidad.
Aquí os dejo el resultado (que está sin retocar) tal y como salió de mi mente enferma
. Espero que os guste:
Solo ante el peligro
Aunque aquello le sonaba a chamusquina, Álvaro saltó a la palestra con gesto decidido. Su oponente esperaba enfrente de él, imponente, una mole de grasa y músculo que parecía no tener fin.
Álvaro tragó saliva.
–“El miedo hiere mas que las espadas”, pensó, no demasiado convencido. “El capullo que escribió eso seguro que nunca se ha visto en una situación como la mía. Bueno, valor y al toro”.
Si la fraternidad creía que se iba a acojonar, estaban muy equivocados. Álvaro Ruiz del Marquesado no se rendía ante nada ni nadie. Ni siquiera ante aquella criatura de aspecto fiero e implacable. Él se encargaría de poner a aquella bestia sin domar en su sitio. Él haría lo que nadie en la hermandad había sido capaz de hacer.
La bestia parecía echar humo por el hocico y Álvaro reprimió un escalofrío. Tensó los músculos y se preparó para el ataque. Mientras sacaba una de sus armas, observó como la bestia, como presintiendo el peligro, iniciaba la retirada.
“No tan rápido, querida mía” , pensó Álvaro sonriendo.
Con una rapidez y unos reflejos nacidos de la desesperación y permitiéndose atrever a pensar por primera vez que la victoria podía estar a su alcance, Álvaro interpuso su pie, impidiendo que Doña Rogelia Marín lograra cerrar la puerta de su casa.
Sacó con gesto rápido su tarjeta de visita, mostró su mejor sonrisa y recitó:
–Álvaro Ruiz del Marquesado, para servirla a usted y a Dios. Vengo de parte de la compañía de seguros La Fraternidad, y quiero presentarle nuestro seguro del hogar, que no sólo…
No tuvo tiempo a acabar.
Doña Rogelia, que a pesar de sus 85 años y su descomunal tamaño se movía como una muchacha de quince, abrió rápidamente la puerta, haciéndole perder el equilibrio y gritó: ¡Ataca Flafli!
Álvaro perdió la concentración por un segundo, pero fue suficiente para que Flafli se lanzara sobre su cara y empezara a arañarlo mientras maullaba cabreado.
El pobre Álvaro cayó hacia atrás y rodó por las escaleras del duodécimo piso, mientras Flafli, con un movimiento elegante, le saltaba por encima y volvía a casa de su dueña, que miró a Álvaro con un gesto de desprecio y sorna mientras cerraba la puerta.
Cabizbajo y derrotado Álvaro emprendió la retirada. “No hay deshonra en perder ante un enemigo tan formidable”, se dijo. Después de todo, esta sería una batalla que quedaría en los anales de la historia y que sería recordada por los siglos de los…
“Quizá debería dejar de leer fantasía épica por un tiempo y pasarme a las novelas de Corin Tellado”, pensó, mientras se ajustaba la corbata y llamaba al timbre del siguiente enemigo que la fraternidad había preparado para él. La puerta se abrió y Álvaro saltó a la palestra.
