—Mira, Enriquito, seguro que podemos llegar a un acuerdo —dijo el diablo con voz zalamera—. Tiene que haber algo que te llame más la atención que la paparrucha esa que me pides. ¿No te gustaría mejor un viaje a Disneylandia? ¿O un suministro de chucherias para todo un año? ¡Pero qué digo un año! ¡Diez años! ¡Cien!.
Enriquito lo miró con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Si la madre del niño hubiera estado allí en ese momento le hubiera dicho al diablo que no tenía nada que hacer. Cuando su hijo se cruzaba de brazos había que hacer su santa voluntad. Bueno, para ser sinceros, lo primero que hubiera hecho la buena mujer era pegar un grito y luego posiblemente desmayarse. Pero lo tercero hubiera sido advertir al diablo sobre la testarudez de Enriquito.
El diablo estaba cada vez más alterado. Empezó a pensar con una rapidez nacida de la desesperación:
— ¿Y un cachorrito? ¿Qué te parece un lindo cachorrito? Porque a los niños os gustan los cachorros, ¿no?
Enriquito se quedó pensativo por un minuto. Siempre había querido un perro, pero seguro que su madre no iba a dejar que se lo quedara. Además, le gustaba más su idea original:
— ¡Te he dicho que no! ¡Ya sabes lo que quiero! Me has prometido que harías lo que yo quisiera a cambio de mi… arma… ismo, inmo…, eso.
—Lo sé, lo sé — dijo el diablo apaciguador— pero es que lo que pides no tiene demasiado sentido y tampoco es plan de tirarme piedras sobre mi propio tejado. Además de que crearías un vacío de poder en la cosmogonía universal y una perturbación en el equilibro cósmico que tendría graves consecuencias para… — intentó razonar el diablo de nuevo.
Enriquito se negó a seguir escuchando y empezó a gritar a pleno pulmón.
— ¡Hazlo! ¡Hazlo! ¡HAZLO!— y una vez dicho esto soltó un chillido que lo hizo ponerse rojo como un tomate y que casi destroza los tímpanos del pobre diablo.
—En fin…— dijo el diablo con gesto resignado—. Un trato es un trato— Y luego por lo bajo—. Maldito niño, espero que ardas en el infierno— aunque sabía que ya no iba a ser así. Hizo un aparatoso gesto con las manos, se escucho un “bamf” y desapareció envuelto en una apestosa nube de humo y azufre.
Enriquito se quedó mirando el lugar hasta donde hacía unos breves segundos había estado el diablo. Le empezó a gruñir el estomago y pensó que quizá después de todo si tenía que haber elegido las chuches. Decidió volver a casa y merendar algo para luego continuar quemando hormigas y arrancándole las alas a las moscas, libélulas y mariposas que tuvieran la mala fortuna de cruzarse en su camino.
Y así fue como, gracias a Enriquito Benítez y la fase destructora que estaba atravesando a sus tiernos nueve años, el diablo dejó de existir.
Aún está por ver si nos hizo un favor, porque a ver a quien le echamos ahora las culpas de todo lo que va mal en el mundo.
